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  • Chica Jo

Surreal Symbiosis

As a kid, heck, even now, my go-to nature fantasy was to live in surreal symbiosis with other species. Perhaps I was inspired by that sapien-centrist scene in Cinderella where the birds and squirrels help dress the main character in splendid finery for the ball. Of course, being a kid more into the under-appreciated forms of life, I instead imagined relationships like a cauldron of feeding bats swirling contentedly above my head keeping mosquitoes away from me while walking at night and then going to bed surrounded by spiders spinning gorgeous webs around my bed to catch anything blood-sucking who dared approach. To my surprise, I got to experience the reality of that level of wild communion this March while touching down briefly on Isla San Pedro Mártir.

Triplefin, and our Alaskan friends aboard SV Alma, were briefly escaping the new fears and uncertainties of Covid-19 around our hailing port, San Carlos, Sonora. We sailed off to spend time on the edges of the various Midriff Islands. Mártir topped our list since our friends had never been there and knew only of its huge numbers of boobies (the blue-footed kind, rather than the bikini-kind) and remote wildness. We could not wait to show them the cardon forests and hopefully find some of the over-sized, Mártir -endemic, side-blotched lizards (Phone pic by Paul S. Hamilton: Uta palmeri, IUCN-listed Vulnerable) who are known to feed on the bobitos who swarm around the birds’ nests. Those unique Mártir lizards have even been reported to occasionally feed on bird-dropped fish scraps! We didn’t tell our friends much about those bobitos, though. We didn’t want to scare them off with the little clown flies’ reputation . . . that they don’t bite, but just “feed on anxiety and desperation”.

Anchored at Mártir we made just one much abbreviated excursion onto the island. We hiked just high enough above the dingy landing to show our friends a blue-footed booby mating dance, and then back. We did not want to stress the nesting birds. It was enough to disturb the half dozen California sea lions who were lounging on the pebbly beach. As we scrambled back to the dingy, completely covered in blankets of bobitos, we noticed numerous side-blotched lizards sunning on the rocks of the beach. Thinking I might get lucky, I sat down, stretched out a foot and waited. In less than a minute there was a brave Uta palmeri perched on my shoe picking off pesky bobitos one after another. Just a few minutes later all four of us humans were basically a living buffet for countless Utas!

In this cell phone photo snapped by Sea-J, you can see at least six lizards feasting from my back and leg with another about to jump onto my hand in front of me. What you don’t see in the photo were the several Utas who had made a veranda of my hat . . . think lizard outdoor patio seating. We also failed to get what would have been a hilarious video of one large and colorful male lizard who, over-and-over, launched his whole body up and off John’s shoulder to snap up in mid-air the mini-flies who were trying to land around his exposed ear. The Uta would then scramble to cling to the human earlobe, but fail and drop onto the human lap where he would begin his climb back to the human shoulder. We could have comfortably rested there all day, as the lizards were effectively managing the otherwise annoying bobitos. However, we needed to let the sea lions return to their beach spot where surely they enjoy peaceful, bobito-free naps, while appreciating the lizards who roam all over their skin, tirelessly feasting.


Permítame practicar mi español:

Cuando era niño, una de mis fantasías de la naturaleza era vivir en simbiosis surrealista con otras especies. Quizás me inspiré en esa escena centrada en los humanos en Cenicienta, donde los pájaros y las ardillas ayudan a vestir al personaje principal con ropa espléndida. Pero yo era un niño más interesado en los animales menos apreciados. En cambio, imaginé un caldero de murciélagos hambrientos arremolinándose sobre mi cabeza. Mantendrían los mosquitos lejos de mí. Imaginé mi cama rodeada de arañas que tejían hermosas telas. Las arañas atraparían cualquier cosa que llegara a chuparme la sangre. Para mi sorpresa, experimenté ese nivel de comunión salvaje este marzo mientras tocaba brevemente la Isla San Pedro Mártir.

Triplefin, con nuestros amigos de Alaska a bordo del SV Alma, escaparon brevemente de los nuevos temores e incertidumbres de Covid-19 alrededor de nuestro puerto, San Carlos, Sonora. Navegamos para pasar tiempo cerca de las Islas Midriff. Nuestros amigos nunca habían estado en Mártir. Ellos y sabían sobre la gran cantidad de pájaros bobos de patas azules y la remota naturaleza salvaje. Estábamos emocionados de mostrarles el bosque de cactus cardón. Esperábamos encontrar algunos de los lagartos endémicos y de gran tamaño (Uta palmeri, Vulnerable incluido en la UICN) que se alimentan de los bobitos que pululan alrededor de los nidos de las aves. ¡Se ha informado que esos lagartos mártires únicos ocasionalmente se alimentan de restos de peces arrojados por pájaros! Sin embargo, no les contamos mucho a nuestros amigos sobre esos bobitos. No queríamos asustarlos con la reputación de las pequeñas moscas de payaso. . . que no muerden, sino que simplemente "se alimentan de ansiedad y desesperación".

En Mártir hicimos una corta excursión a la isla. Caminamos lo suficientemente alto por encima de la playa para mostrarles a nuestros amigos un baile bobo de patas azules, y luego volvimos. No queríamos molestar a las aves que anidan. Fue suficiente para molestar a los seis leones marinos de California que dormían en la playa. Mientras caminábamos de regreso al lúgubre estábamos cubiertos de bobitos. Vimos numerosos lagartos tomando el sol en las rocas de la playa. Me senté, estiré un pie y en menos de un minuto hubo un valiente Uta palmeri. Estaba en mi zapato comiendo bobitos uno tras otro. ¡En solo unos minutos más, los cuatro humanos nos convertimos en una mesa de comedor para muchos, muchos Utas! En esta fotografía de teléfono celular tomada por Sea-J, ves al menos seis lagartos comiendo de mi espalda y pierna con otro lagarto cerca de mi zapato. Lo que no ves en la foto eran los Utas que habían hecho un pórtico de mi sombrero. . . Piense en los asientos del patio de lagarto. Nos reímos cuando un lagarto macho grande y colorido lanzó todo su cuerpo hacia arriba y fuera del hombro de John para comer en el aire las mini-moscas que intentaban aterrizar alrededor de su oreja. El Uta intentaría agarrar el lóbulo de la oreja humana, pero se dejaría caer sobre el regazo humano donde comenzaría su ascenso al hombro humano. Podríamos haber descansado cómodamente allí todo el día. Los lagartos estaban manejando de manera efectiva los molestos bobitos. Sin embargo, necesitábamos dejar que los leones marinos regresaran a su lugar de playa donde seguramente disfrutarían de siestas pacíficas sin bobitos, gracias al trabajo de los lagartos.

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